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Sewell, el pueblo minero fantasma de Chile que busca turistas

  • La pandemia volvió a ensombrecer la otrora modélica ciudad industrial, que lleva cerrada al público desde marzo, cuando se detectó el primer caso de COVID-19 en Chile.

Enclavado en plena cordillera de los Andes, a los pies de la mina subterránea de cobre más grande del mundo, Sewell es un pueblo fantasma, de originales construcciones de madera y color pastel, que permite viajar a los años de esplendor de las “company towns” y que busca turistas para conservar su legado.

“Aquí nace la gran minería del cobre en Chile. En 1905, William Braden da inicio a la explotación industrial de la mina El Teniente”, a 60 kilómetros de la ciudad de Rancagua (en el centro del país) y 2.200 metros de altitud, explicó el director ejecutivo de la fundación encargada de gestionar el asentamiento, Felipe Ravinet.

Hasta la llegada del empresario estadounidense, agregó, la extracción de minerales se hacía de manera artesanal. Hoy, más de un siglo después, Chile es el primer productor de cobre del mundo, con 5,7 millones de toneladas extraídas en 2019.

Declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 2006, la construcción de Sewell fue toda una epopeya por lo hostil y remoto del terreno: a Rancagua se tardaban cinco días a pie desde la mina y, hasta que la compañía de Branden construyó el ferrocarril en 1911, todos los materiales y la maquinaria llegaban tirados por mulas.

Edificada en una ladera demasiado abrupta para permitir la circulación de vehículos, Sewell se estructuró en torno a una gran escalera central, que hacía de plaza pública.

Cultura “Sewellina”

La Primera y la Segunda Guerra Mundial aumentaron la demanda de cobre y el asentamiento creció progresivamente, pero su época dorada fue entre 1950 y 1960, cuando llegó a tener más de 15.000 habitantes, entre estadounidenses y chilenos.

“Era una ciudad autosuficiente, con juzgados, banco, policía, comercios, hospital, colegio, cine, teatro... Tenían hasta piscina climatizada y un periódico”, afirmó Ravinet.

Para Carlos Ibarra, historiador de la Universidad San Sebastián, estas “ciudades industriales” gestionadas por compañías extranjeras -que proliferaron por todo Chile durante los siglos XIX y XX- “tenían un atractivo importante” para los locales, pues les daba la posibilidad de mejorar su calidad de vida y acceder a beneficios que otros trabajos no ofrecían, como la seguridad social.

La calidad de vida era tal que muchos trabajadores decidían invitar a sus familiares de Rancagua durante las vacaciones para disfrutar de Sewell, que tuvo el honor de tener el primer “palitroque” de Chile.

“El hospital llegó a ser uno de los más modernos de Latinoamérica y al cine llegaban las películas de Cantinflas antes que a Santiago”, recuerda Angélica Fuentealba, una guía turística con ascendencia “sewellina”, el gentilicio para los nacidos en el poblado minero.

“Se forjó una cultura particular, una combinación de costumbres chilenas y estadounidenses, que permanece entre sus antiguos habitantes y descendientes”, aseguró a Efe en un correo la ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Consuelo Valdés.

El declive y la explotación turística

A partir de 1966, el expresidente Eduardo Frei Montalva puso en marcha la “chilenización” del cobre y el Estado se hizo con más del 50% de la mina El Teniente.

La construcción de una carretera entre el yacimiento y Rancagua y la nacionalización total de la industria cuprífera por parte del expresidente Salvador Allende, en 1971, marcó el principio del fin de Sewell, cuyos habitantes fueron reubicados en Rancagua.

Durante años, la ciudad industrial estuvo abandonada y se destruyeron muchos edificios: hoy en día solo sobreviven el 35% de sus construcciones. “Entonces no se tenía el mismo respeto que ahora por el patrimonio”, apuntó Ravinet.

Fue en 1998 cuando la estatal chilena Codelco, la mayor productora mundial de cobre y dueña de El Teniente, cambió el sombrío destino de Sewell y elaboró un plan para su conservación y explotación turística.

Pese a su acceso restringido -no se puede llegar libremente por ubicarse en un área de explotación minera-, los turistas han crecido de media un 8% al año y en 2020 se esperaba recibir a más de 20.000.

La pandemia volvió a ensombrecer la otrora modélica ciudad industrial, que lleva cerrada al público desde marzo, cuando se detectó el primer caso en Chile, donde las fronteras se abrieron hace dos semanas y los turistas llegan a cuentagotas.

“Los esfuerzos que hacemos por conservar esta joya histórica no tendrían sentido si no vienen turistas y no hay planes de reanudar las visitas hasta mediados del año que viene”, lamentó el director de la fundación.

Fuente: Perú 21

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