287 286 La Tierra y sus minerales —¡Qué mal me siento, estoy muy cansado y hambriento! ¡Ayúdame, por favor, amigo cóndor, a encontrar a mis hermanos! ¡Estoy perdido! ¡Necesito volver a mi pueblo querido, Arequipa! Mientras tanto, los hermanos volcanes Hatun y Khuskan buscaban con desesperación a Munay en Arequipa, pero no lograban encontrarlo. —¡Munay, regresa a casa! ¡Te extrañamos, hermano! —exclamaban con tristeza por todo el pueblo. Por otro lado, Sumaq, el cóndor, se conmovió ante el sufrimiento de Munay y decidió ayudarlo amablemente a encontrar a sus hermanos. —No te preocupes, querido amigo, siento que estás arrepentido de haber actuado de manera irresponsable. Ten valentía, encontraremos a tu familia —le dijo el cóndor. Luego, emprendieron juntos el camino para reunirse con los seres queridos de Munay. A lo lejos, Hatun y Khuskan vieron que su hermano Munay regresaba a casa y corrieron a abrazarlo. Munay, llorando, les prometió no separarse nunca más de ellos. —¡Estoy muy arrepentido por no haber escuchado sus consejos, mis amados hermanos! —les manifestó Munay. Mientras Sumaq regresaba a su hogar, desde lo alto, se dio cuenta, sorprendido, de que las lágrimas de Munay habían dejado huellas de lava roja, quebradas y unas hermosas rocas blancas que se formaron en diferentes lugares de Arequipa. Finalmente, el cóndor Sumaq y los tres hermanos volcánicos construyeron, con esas rocas blancas, a las que llamaron sillar, una hermosa ciudad llena de sorprendentes monumentos, iglesias, puentes, museos y tallados de imágenes. Decidieron llamarla Yuraq Wasi. Desde ese día, vivieron felices, cuidando y protegiendo su maravillosa ciudad. Los volcanes y el cóndor
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