41 40 La Tierra y sus minerales —El cerro Algamarca le contestó al dios Sol: “¡Oh, dios Sol, creador de la Tierra, quédate conmigo todo el tiempo que quieras”. Así, el dios Sol se sentó en su lomo, y su luz bañó todo el valle, hasta Cajabamba, Huamachuco, San Marcos, el pueblo de Tantal, Huacaday y mucho más allá —añadió el abuelo Cayetano—. Todo era posible, ya que el cerro es muy alto y hermoso. —Fue entonces cuando el cerro Algamarca se sintió tan feliz de tener en sus hombros al gran dios Sol, que le pidió quedarse allí para siempre — comentó el abuelo—. Pero la envidia despertó en todos los cerros vecinos, que empezaron a llamar al Sol, diciendo: “Pósate sobre mí también, y juntos contemplemos lo maravilloso de tu creación”. Todos los cerros reclamaban al Sol, pero él no les hizo caso, pues debía continuar su camino. —Cuando el dios Sol se disponía a seguir su camino, el cerro Algamarca le rogó, llorando, que no se fuera —agregó el abuelo Cayetano—. Pero el Sol se levantó y siguió. Cuando ya estaba lejos, el cerro Algamarca comenzó a llorar, pidiendo que regresara. “Vuelve a mí”, le decía cada vez más fuerte. Al escuchar cómo los otros cerros se reían y se burlaban de Algamarca, pues ya no tenía compañía, el Sol sintió pena por él. —¿Y entonces qué sucedió? —preguntamos casi todos al mismo tiempo, ansiosos por saber más. El abuelo respondió: —El dios Sol, al ver que las lágrimas del cerro ya llegaban al valle de Condebamba, decidió volver, pero no para quedarse. Lo que hizo fue muy hermoso: transformó sus lágrimas en oro y plata. Con una voz fuerte, le dijo: “Desde hoy, tus lágrimas se convertirán en oro, así todas las personas que viven en este pueblo vendrán para acompañarte día y noche, y no volverás a estar solo”. Tras decir esto, siguió su camino hasta perderse en el horizonte. —Desde ese día, hombres y mujeres, familias enteras, en pequeños grupos o grandes empresas, vienen al cerro a cumplir lo dicho por el Sol: hacer compañía al cerro y secar sus lágrimas, que sirven de sustento a muchos hogares de nuestro querido Moyán Bajo y de todo el Perú —señaló el abuelo—. Ha pasado mucho tiempo desde ese maravilloso día. El Sol no se olvida del cerro y todos los días vuelve, recordándole lo importante que es para todos. —¿Cuándo dejará de llorar? —le pregunté a mi abuelo. —Nadie lo sabe —respondió—, pero el cerro siempre estará acompañado. Entonces todos reímos y fuimos a merendar, felices y contentos. El regalo del dios Sol
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