La Cerro de Pasco

60 61 la cerro de pasco la mayor inversión del siglo xx El sindicato norteamericano no tardó mucho en hacerse a las condiciones de Cerro de Pasco y en consolidarse en términos de las operaciones y de su vinculación con la comunidad. Lo mismo sucedió con la población local, a la que dejó de sorprenderle el despliegue de la logística y el transporte de mineral e insumos entre las distintas unidades de la compañía, o la presencia de angloparlantes por las estrechas y lustrosas calles de la ciudad. Con el ánimo de aligerar las conversaciones, los pobladores se habían acostumbrado a llamar a la empresa como “la Cerro” y reconocían a sus empleados por los pantalones de drill azul que se arrugaban por encima de los botines de cuero, atenazados por una maraña de cordones y suspendidos en las suelas de goma. Debajo de un pesado sacón de lana oscuro llevaban una chompa de lana gruesa para calentar. Lo común era verlos aupados en los camiones Chevrolet color verde que pasaban en convoy luciendo las siglas de la compañía en la carrocería. Si bien los amaneceres de Cerro seguían tiñendo el cielo con un color celeste rosáceo –que se descomponía en variaciones fluorescentes cuando se reflejaba sobre el manto de la nieve– definitivamente el paisaje de la ciudad había cambiado para siempre. En la segunda década del siglo XX, después de Lima, Cerro debió ser la ciudad con más cantidad de habitantes extranjeros. Los jóvenes caminaban exhalando vaho a través de las bufandas que les cubrían las narices y gustaban de calentarse con un emoliente de cebada y menta. En las calles destacaban las casas de dos o tres balcones con rejas curvas, pequeñas ventanas y portones altos que, normalmente, dejaban ver libres los zaguanes. Como era costumbre, alrededor de un patio interior se disponía el área social, al fondo la de servicio y, arriba, un balcón le daba la vuelta por dentro a todo el perímetro antecediendo el ingreso a las habitaciones. Por la serpenteante calle del Marqués se llegaba a la Plaza Chaupimarca, el centro comercial de la ciudad. Por la calle Lima se accedía al almacén Las Culebras de la Casa Sibile, frente al monumento al Soldado Desconocido erigido en honor a la Heroica Columna Pasco, un contingente de jóvenes locales que se enfrentó al ejército chileno en los años de la Guerra del Pacífico. En esa misma calle quedaba la Casa Diéguez, donde los nuevos empleados de la Cerro y los estudiantes que arribaban por primera vez a la ciudad para hacer sus pasantías solían hospedarse. Justo al frente del café Europa. A todos ellos se les recomendaba no moverse mucho, quedarse el primer día en casa y tener a la mano su pastilla de coramina para mascar. De persistir los síntomas o efectos de la altura debían acercarse al Hospital La Esperanza que era sustentado por la propia compañía. Detrás de la casa de los funcionarios extranjeros estaba La Mercantil, el único lugar adonde se animaban a hacer sus compras las distinguidas esposas de los ingenieros. Por detrás de esta suerte de retail se llegaba a una cancha de fútbol de tierra pelada, muy popular durante los fines de semana entre los nacionales. De tanto en tanto, algunos fines de semana, la Beneficencia Española organizaba corridas de toros y todas las tradiciones asociadas al arte taurino, muy populares entre los nacionales pero que eran consideradas por los gringos como un espectáculo salvaje. Ellos más bien preferían pasar los fines de semana en el club de golf. CRECER Los primeros años de la corporación no solo fueron de una producción frenética, sino que la empresa se propuso desplegar un ambicioso corredor minero desde su sede principal hasta el Callao. Y en pocos años logarían su cometido. TIEMPO PARA

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