La Cerro de Pasco

84 85 la cerro de pasco la mayor inversión del siglo xx La Oroya había sido siempre un cruce de caminos, un punto de bifurcación a la entrada de la sierra central, una parada intermedia en las rutas hacia Huancayo, al sur, y Cerro de Pasco, al norte y la selva hacia el oriente. Por eso los pobladores originarios de esa zona, cercana a los 3,745 msnm., fueron apenas unos cuantos pequeños agricultores de tubérculos o cereales y algunos mineros temporales que se ubicaron sobre la ribera izquierda del río. El lugar recibía su nombre por un extraño medio de transporte aéreo que les permitía cruzar por encima del cauce hacia la ribera derecha. Esos puentes estaban hechos de cuatro sogas gruesas como del diámetro de una manzana, elaboradas con pellejo de vaca y constreñidas con soguillas transversales. Dos cuerdas delgadas, una a cada lado y a casi un metro sobre el puente, servían de pretil para jalar el vehículo. Las sogas gruesas estaban amarradas en cada canto alrededor de troncos clavados en la superficie o de rocas muy bien enquistadas. Conforme uno avanzaba hacia el otro lado del puente se iba haciendo una panza obligando a que el último tramo se realizara con una pequeña inclinación hacia arriba. La partida y la llegada estaban cubiertas con una alfombra de ramas de árboles, paja y raíces de fibrosos agaves. Pero todo empezó a cambiar cuando se asentaron los empleados de la Railway. Desde entonces, la estación del tren convertiría a ese cruce estratégico en un potencial polo comercial e industrial. A principios de siglo la Cerro había comprado sus primeras propiedades en la zona para desarrollar el proyecto del ferrocarril hacia su centro minero, tierras que colindaban con la hacienda Huaymanta, de la familia Santa María, y los predios de la Compañía Mercantil de La Oroya, que desde el siglo anterior venían postergando sus proyectos de construir agencias mercantiles, hoteles, almacenes y depósitos. Todos esos terrenos los adquirió luego la corporación, allá por 1912. La construcción de la Fundición de La Oroya se inició recién en 1917 sobre un pronunciado recodo de la quebrada del río Mantaro que había sido parte de la hacienda Huaymanta. Tres razones justificaban esa nueva inversión: el hecho de que la producción minera de la empresa se había multiplicado con la adquisición de nuevas propiedades, la operación cercana del mencionado ferrocarril y los sobrecostos que suponían enviar el mineral desde Morococha hacia Pasco –a la fundición de Tinyahuarco– y, de regreso, una vez refinado, hasta el puerto del Callao. Es así que luego de cinco años, el 23 de noviembre de 1923, la nueva fundición produjo su primera barra de cobre blíster. Desde que se creó y hasta casi finales del siglo XX, este Complejo Metalúrgico fue uno de los más importantes del mundo. Inicialmente, su principal objetivo fue la fundición y el refinamiento del cobre para darle un mayor valor comercial a sus productos. Los concentrados provenían de las minas de la compañía y acopiados de otras particulares. Una vez purificados, esos metales eran destinados a los mercados que tenía ya seguros la empresa, principalmente en los Estados Unidos y Europa. En poco tiempo, La Oroya pasó de ser ese nodo en el camino apenas poblado por los trabajadores ferroviarios a un pueblo de más de 25,000 habitantes, cuyas cabezas de familia pugnaban por un puesto de trabajo en La corporación ubicó en Huaymanta el terreno ideal para la refinería. Era un recodo de la quebrada al borde del río Mantaro. NEGOCIO Desde su fundación, el complejo metalúrgico se convirtió en el corazón de la empresa y en un centro de investigación con inagotables recursos para tratar un mineral riquísimo y de una composición inusualmente compleja. LA CLAVE DEL

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