La Cerro de Pasco

132 133 la cerro de pasco la mayor inversión del siglo xx Derecha– Don Alberto Benavides en el campo. Como ingeniero de minas y geólogo tuvo una comprensión integral de la actividad minera. En mayo de 1951 lo buscó don Ricardo Álvarez Calderón Pro, en representación de la sociedad propietaria de Julcani en Huncavelica, mina de la que la Cerro era arrendataria. Llegaba pidiéndole que intercediera ante la corporación porque corría el rumor de que ya no le interesaba operar Julcani sino solo comprar sus concentrados para refinarlos en La Oroya. Un año después realizó una segunda visita a Huancavelica y se sorprendió de la inversión en la concentradora y en la hidroeléctrica, en contraste con los carritos jalados por mulas de las minas. Al enviar su informe, el presidente Koenig le manifestó que la alta gerencia seguía desencantada de la mina por pequeña y distante. Es así que en febrero de 1952 don Alberto se atrevió a dar el salto, dejó la compañía y arrendó Julcani con una opción de compra. Vencido el contrato de alquiler al año, juntó el dinero suficiente entre familiares y amigos y compró Julcani para empezar otra aventura fantástica con la Compañía de Minas Buenaventura. Los primeros años le costó muchos esfuerzos sostener su empresa, pero buscando y descubriendo pequeñas vetas logró estabilizarla en una década. Es en esas circunstancias que, en mayo de 1964, su viejo amigo y ex jefe, Robert Koenig, le propuso que asumiera la presidencia de la Cerro de Pasco Corporation en el Perú. Don Alberto quedó inicialmente muy sorprendido, pero lo entendió como un honor, aceptó y se convirtió en el primer presidente peruano de la compañía más grande asentada en el país. Fueron años de crecimiento vertiginoso pero también de mucha tensión social. Sin embargo, logró culminar las instalaciones de Yauricocha, poner en marcha Cobriza e identificar proyectos desde el Departamento de Exploraciones que son parte viva de la historia de la minería nacional. Cinco años después de haber asumido el cargo, cuando el General Velasco dio el golpe de estado y expropió la International Petroleum Company, intentó ganarle la iniciativa al gobierno y propuso en Nueva York comenzar la explotación de Antamina, lo que demandaba una inversión inicial de US$ 800 millones. Pero ya no estaba Koenig. Había sido reemplazado por un joven profesional de las finanzas que no hablaba castellano y que jamás había pisado Sudamérica. No encontró puntos en común con C. Gordon Murphy. Tuvo serias discusiones sobre la manera de enfrentar la amenaza del gobierno peruano y terminó renunciando con ese sabor agridulce que dejan los éxitos obtenidos, pero también con la certeza de que siempre pudo hacer más. �

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