La Cerro de Pasco

26 27 la cerro de pasco la mayor inversión del siglo xx Pero lo más destacable en el diseño de Haggin y McCune no era que habían reunido a los hombres más poderosos de la gran nación del norte, sino que su participación aseguraba la cobertura estratégica de las necesidades más complejas que requerían solución. Haggin y McCune eran los expertos en exploración, operación y desarrollo de tecnología minera; el propio McCune, McKwon Twombly y JP Morgan eran dueños de las principales líneas de ferrocarriles de ese país; Henry Clay Frick, socio de Andrew Carnegie, tenía la fábrica más grande y eficiente en la producción de acero y en la transformación del carbón como insumo energético; J.P. Morgan ya era una eminencia financiera y gran jugador en distintas latitudes del mundo, lo mismo que Darius Odgen Mills, entonces el banquero más acaudalado de California y que, desde joven, tenía un conocimiento pleno del negocio minero. Era un grupo prácticamente inexpugnable y que, desde el origen, sentó en esa sociedad las bases de la filosofía que guiaría hasta el final los destinos de la Cerro de Pasco Investment Company: la autosostenibilidad y la autonomía. La partida de nacimiento de esta sociedad quedaría sellada con su registro oficial el 6 de junio de 1902, aunque las labores de construcción y explotación empezaron en febrero de ese mismo año en nuestra sierra central. De esa manera, tardía y abruptamente, el Perú ingresaría de lleno a la era industrial, durante un periodo caracterizado por la rauda expansión del capitalismo a nivel global. � tonelada en 1893, se elevó a 73 en solo seis años. McCune y Haggin, afilados hombres de negocios, tenían claro que con un mineral precioso como la plata podrían pagar la operación y que la explotación del cobre les generaría pura ganancia cuando empezara a intensificarse su demanda. El clima político también era ideal. En 1899 había asumido la presidencia Eduardo López de Romaña, un liberal muy proclive a la inversión extranjera, empresario educado en Londres como especialista en la construcción de puentes para vías férreas, y que tenía en mente darle un fuerte impulso a los sectores productivos del país, especialmente a la agricultura, a la industria y a la minería. Para promover esta última ya se estaba preparando un Código de Minería, conocido como el de 1900, pero que se proclamaría recién al año siguiente. Entre las novedades, la nueva norma declaraba que la propiedad minera legalmente adquirida era irrevocable y perpetua, con la única condición de que se cumpliese con el pago del canon. De la misma manera, las maquinarias, herramientas e insumos para el desarrollo de la actividad estaban exentos del pago de derechos aduaneros. Además, diez años antes, el gobierno de Remigio Morales Bermúdez había desgravado la actividad minera por 25 años. Difícilmente las cosas podrían salir mal en esa cena con buena parte de los hombres más poderosos de Estados Unidos. En esa sola noche, Haggin y McCune lograron recaudar la impresionante suma de diez millones de dólares de aquella época para echar a andar el proyecto. Tres de ellos fueron aportados por el propio Haggin, McKwon Twombly comprometió dos más y el resto de involucrados entró con un ticket de un millón de dólares cada uno, confirmando así la cifra requerida. Hasta el fin de sus días, Haggin controlaría la empresa con el 34% de participación, considerándosele además el cerebro detrás de ese inusual y enorme emprendimiento que sería, de lejos, el más grande en Sudamérica y, hasta entonces, la mayor inversión de la minería norteamericana fuera de los Estados Unidos. Derecha– Día de pago de los obreros en la Hacienda La Esperanza, a incios del siglo pasado en Cerro de Pasco.

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