La Cerro de Pasco

34 35 la cerro de pasco la mayor inversión del siglo xx Una vez hecho el acuerdo entre los inversionistas y con el dinero en mano ya no había vuelta atrás. El propio McCune, en su calidad de operador del sindicato minero, volvió a Perú para activar la oferta que les había anunciado a los propietarios de esas tierras un año antes. El primero que aceptó gustoso la propuesta fue el minero inglés George Edward Steel. A él le siguieron Elías Malpartida (quien fue varias veces congresista, alcalde de Lima, ministro de Hacienda con el presidente Candamo y, más adelante, premier con Billinghurst); hizo lo propio Felipe Salomón Tello –precursor de la industria de generación eléctrica en el país– vendiendo las minas Toril y el Tajo Santa Catalina; también se desprendieron de propiedades la familia de ascendencia italiana Languasco, Ignacio Alania, Matilde Push de Villarán, Herminio Pérez, los hermanos Gallo, Romualdo Palomino, la familia Ortiz, entre otros. La propiedad que se valorizó más en esa primera visita fue la de don Miguel Gallo Díaz, por la que se desembolsaron 100,000 libras esterlinas. Pero no todos accedieron a la oferta. Entre quienes conservaron algunas propiedades o el íntegro de su patrimonio estuvieron don Eulogio Fernandini de la Quintana, de Colquijirca –que ya tenía trabajando la fundición de Huaraucaca–, los hermanos Lercari, los hermanos Alania, los hermanos Arrieta, Tomás Chamorro, Juan Azalia, la familia Proaño, el propio don Elías Malpartida, Toribio López, Alfredo Palacios, don Agustín Arias Carracedo y Antonio Xammar, entre otros, que combinaban, casi todos, intereses agropecuarios, comerciales y mineros. Los norteamericanos convivieron también en la zona con la Compagnie des Mines de Huarón, un complejo de capital francés y de menores proporciones ubicado en el distrito de Huayllay, y con la compañía Backus & Johnston, que se desprendería de pequeñas minas en Cerro de Pasco y se quedaría por varios años más con Casapalca, asentada en la serranía de Lima. En un lapso de dos lustros, la Cerro de Pasco se haría rápidamente de la propiedad del 80% de las haciendas mineras de la zona, equivalente a un total de 70,000 hectáreas. La temprana migración de gentes de distintas nacionalidades, atraídas por la riqueza mineral de las tierras altas, ya ponía en evidencia la distancia cultural y educativa en comparación con las comunidades asentadas desde antiguo en los Andes. Es por ello que los migrantes asimilarían con más entereza los enormes cambios que estaban por producirse en la región, pues en aquellos tiempos Cerro de Pasco seguía pareciéndose más a un pequeño poblado que a una ciudad. Antes de la llegada de la empresa norteamericana, las casas se extendían hacia el cielo con sus techos de ichu que, frecuentemente, eran presa de incendios por la caída de rayos o por las improvisadas conexiones eléctricas que empezaban a popularizarse en la villa. Poco a poco el ichu fue sustituido por estructuras de hierro galvanizado, más conocidas como calaminas. Las calles eran angostas y lustrosamente empedradas, con una canaleta de cemento al centro por la que discurrían las aguas de las constantes lluvias y que las bestias de carga eludían en su andar cansino a manera de entretenimiento. Sin embargo, esa precariedad contrastaba con otros rasgos cosmopolitas. El estupendo trabajo de Neydo Hidalgo, historiador especializado en Muchas casas de la pequeña ciudad eran todavía de piedra, con techos de paja y propensas a los incendios. Por ello se empezaron a usar calaminas. CERRADO CIRCUITO La operación de la Cerro de Pasco Mining Co. exigía la interconexión de las minas a través de ferrocarriles, la seguridad de fuentes de energía y la mano de obra. Pero jamás pensaron que sería tan grande el choque cultural.

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