204 205 la minería moderna integración del perú a la clase mundial Cuando llegó a Julcani, los residentes le enseñaron la mina de mala gana, llevándolo solo a las zonas más accesibles. Sin embargo, se dio maña para ir más allá. Paso a paso fue sintiendo un sutil estremecimiento y una especie de conexión o llamado que no se supo explicar en ese momento. Pero, sobre todo, el ingeniero había quedado sorprendido por la inversión en la concentradora y la hidroeléctrica, que contrastaban con los carritos halados por mulas que extraían el mineral del socavón. Envió un informe positivo a Nueva York, contrario a los emitidos por los geólogos que habían trabajado allí previamente, pero el presidente de la compañía contestó que el directorio seguía desencantado de esa mina por pequeña y distante. El requerimiento del Estado norteamericano de bismuto seguía vigente, pero la compañía ya no quería arrendar la mina. Cuando llegó a La Oroya, de camino a Cerro de Pasco, “los geólogos lo recibieron con la cara pintada: ‘Cómo va a ser que un muchachito como tú venga y diga que nosotros, los geólogos con más experiencia, estamos equivocados cuando afirmamos que ya no hay mineral’. Allí mi viejo se dio cuenta de que le iban a hacer la vida imposible”, recuerda su hijo Raúl. Y, por otro lado, avisados en confidencia de sus intenciones, los amigos cercanos de Alberto trataban de convencerlo de que no se aventara a la incertidumbre de un negocio riesgoso, menos si su carrera ya estaba orientada a cosas mayores dentro de la que, quizá, era la más grande empresa minera de ese tiempo. Alberto logró viajar nuevamente a Julcani para hacer, ahora sí, un estudio más detallado del yacimiento. La empresa había estado explotando solo el entorno de la mina Herminia por su alta ley, pero él estaba seguro de que el potencial del distrito era más amplio. Así se lo hizo saber a Koenig, quien se animó a viajar a la mina con un grupo de funcionarios de La Oroya cercanos a él. Sus primeras objeciones fueron la distancia y los caminos desde Huancavelica hasta la fundición o que su sindicato fuera un tanto rebelde y que no pasara de ser una mina de 100 toneladas al día. Dada esa certeza, Alberto pidió autorización para hablar con Bruno Tschudi, presidente del directorio de la Sociedad Minero Suizo-Peruana, propietaria de Julcani. Luego de esa conversación, sincerándose consigo mismo y con la anuencia de Koenig, decidió finalmente alquilar la mina por su cuenta. A los 31 años había dado un gran salto en su carrera, aunque su estado de ánimo se balanceaba sobre una cuerda elevada que oscilaba entre el cumplimiento de un sueño personal, la incertidumbre y la sensación del fracaso. Luego cayó en cuenta de que tenía los recursos para cumplir con la renta, pero no para comprar o arrendar las máquinas que la harían producir. Por ello solicitó a los ejecutivos de la Cerro que le dejaran la maquinaria y las locomotoras con las que habían operado Julcani hasta el cambio de timón. Accedieron por las buenas relaciones y la confianza, pero también porque, de todas formas, necesitaban contar con el bismuto. Ya en operaciones les costó encontrar una nueva veta que les diera algún respiro financiero, pero siguiendo las tradicionales lograron subsistir a la espera Con un grupo de compañeros peruanos y extranjeros durante el desempeño de Alberto Benavides como líder del Departamento de Exploraciones en la Cerro de Pasco. “Creo que lo importante es hacer una buena obra, lo que no es incompatible con un buen negocio. Los economistas pueden pensar que esto es una barbaridad, pero la experiencia me ha demostrado lo contrario… El bien social y la ayuda a la comunidad nunca me han parecido incompatibles con las ganancias que pueda hacer una empresa”. Alberto Benavides
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