208 209 la minería moderna integración del perú a la clase mundial de encontrar nuevas minas en ese distrito de suelo volcánico y con labores prexistentes desde la Colonia. En los planes del joven emprendedor estaba arrendar la mina por unos diez años, por ello le sorprendió que el contrato se lo devolvieran considerando solo uno. “¿Quién arrienda una mina por tan breve plazo? ¿Qué exploraciones de envergadura podían hacerse en tan corto tiempo?”, se repetía Alberto. Sin embargo, durante ese primer año le fue muy bien. Logró buenas ventas en esa etapa auroral atacando las delgadas vetas conocidas de la mina y explorando en distintas zonas en busca de más reservas. Con ello logró establecer un pequeño fondo. Cuando se acercaba el fin del contrato de alquiler, visitó entusiasmado a Tschudi con la idea de una renovación, pero ellos le comentaron que si él, a sus 32 años, había demostrado que era posible trabajarla, podrían alquilársela a cualquier otro minero con capital. Pero que, de querer comprarla, le darían la prioridad siempre y cuando lo hiciera en un plazo no mayor a un año. Después de esa conversación y el inagotable trabajo que habían desplegado durante los meses previos, Alberto se dio cuenta de que no le quedaba otra opción que acceder a la propuesta. El problema era que no tenía suficientes recursos para comprarla. Reunió todos sus ahorros, sumó hasta las monedas de lo que había logrado en el último año; tocó las puertas de sus hermanos, familiares y amigos cercanos y, por otro lado, le dijo a la Cerro de Pasco que capitalizara los equipos que venía utilizando en favor de la nueva empresa a cambio de un porcentaje de las acciones. Para completar los recursos, la Sociedad Minera Suizo-Peruana terminó quedándose con el 20% de participación y, con el dinero de la venta de Julcani terminaron instalando un negocio que conocían mejor por sus dotes comerciales, la cadena de tiendas Monterrey. Entre los amigos que confiaron en la visión de Alberto se encontraban Mario Samamé Boggio, quien había sido superintendente de Atacocha y que años atrás lo había acogido como practicante; también Daniel Olaechea –su padrino y amigo de su padre– Fernando Schwalb, Gonzalo Otero y Manuel Ulloa. A ellos se unieron sus hermanos Ismael, Jorge, Rosario y Angelita… y hasta sus suegros. “Mi padre nunca llegó a poseer el 50% de la compañía, en algún momento llegó al 40% y, hoy, entre sus hijos y herederos debemos bordear el 25%”, afirma su hijo Roque, actual presidente del directorio de la compañía. Entre los nombres para la nueva empresa se barajaron Sociedad Minera Julcani, Compañía Minera Huancavelica y Compañía Minera de los Andes, pero todos estaban ya tomados. Ángela, la esposa de Bob Koenig, que había generado un sincero cariño por el joven profesional, lo llamó una tarde para comentarle resueltamente que su empresa debía llamarse Buenaventura. Siempre atento, Alberto le contestó que lo iba a considerar, aunque no estuviera muy convencido. Sin embargo, al buscar el significado de la palabra vio que, en la costumbre de los gitanos que te leen la mano, por un lado refería a la ‘esperanza’ y, por el otro, al ‘destino’. “En las exploraciones mineras hay mucho de destino y de incertidumbre; además, claro, de esperanza. Esa mezcla de esperanza e incertidumbre que contenía la palabra me terminó pareciendo un buen nombre para nuestro proyecto”, revelaría más tarde don Alberto. El primer directorio de la flamante Compañía de Minas Buenaventura estuvo conformado por dos representantes de la Cerro de Pasco, Bruno Tschudi de la Sociedad Minera Suizo-Peruana, el propio Alberto –que asumiría también la gerencia– y por Daniel Olaechea, quien sería el primer presidente de ese directorio. En julio de 1953 se firmaría la escritura pública y Alberto, junto con los ingenieros y obreros, trabajarían hombro a hombro para cumplir con sus compromisos. En 18 meses se pagó el préstamo de la Cerro, contraentrega de minerales, cuando estaba pactado para tres años. Es más, todas las deudas se pagaron en año y medio y desde 1955 la compañía ya estaba libre de compromisos. Julcani estaba en marcha y la mina respondió con generosidad. Robert Koenig fue presidente de la Cerro de Pasco Corporation y una suerte de mentor de Alberto en sus inicios profesionales. ENTRE LOS AMIGOS QUE CONFIARON EN LA VISIÓN DE ALBERTO SE ENCONTRABAN MARIO SAMAMÉ BOGGIO, DANIEL OLAECHEA, FERNANDO SCHWALB, GONZALO OTERO Y MANUEL ULLOA, ADEMÁS DE TODOS SUS HERMANOS.
RkJQdWJsaXNoZXIy MTM0Mzk2