124 125 pioneros de la minería moderna en el perú y, luego, su papá le propuso que fuera su asistente en la presidencia, con el propósito de que ejecutara encargos específicos, cosa que hizo entre el 80 y el 85. “Seguramente la idea de mi padre era que vayamos preparándonos para asumir más responsabilidades”, cuenta él mismo. Justamente en 1985, el gerente de finanzas, Alfonso Brazzini, decidió independizarse para enrumbarse en un nuevo negocio y su padre le pidió a Roque que lo reemplazara. Cabe recordar que el año 85 el Perú ya estaba en crisis y que ese segundo lustro de la década fue nefasto para la economía peruana, a la que se sumó una crisis política y otra de violencia social como la del terrorismo. Mario Santillán trabajó cuatro décadas en la empresa y era gerente de operaciones en aquella época. “Don Alberto tenía mucho respeto por las tradiciones y costumbres de las comunidades. Gracias a las políticas de don Alberto y al Club de Madres, el terrorismo no nos afectó más que a otros porque los propios trabajadores y sus familias, especialmente las esposas, nos defendían”, concluye con certeza. En Orcopampa se celebraba el Wilancho todos los años. Era un ritual que llevaron los trabajadores puneños, por el que se ponían mantas grandes dentro de la mina y, sobre ellas, coca, cigarros, licor y se adornaba con serpentinas. Allí se sacrificaba una llamita y con su sangre se embadurnaban las vetas y labores para que hubiera buena producción y no accidentes. Afuera de la mina esperaban la banda, el almuerzo y la fiesta local. En cambio, la tradición que pegó en Julcani fue la celebración en honor al Muki, un duendecillo enano y minero que habita en los cerros. Cada vez que se cortaba una veta se le ‘challaba’ al Muki vertiendo un poco de licor en la roca. Y ese descubrimiento, que era entendido como un logro de todos, daba pie a la celebración y al festejo. “Todo el pueblo participaba como una familia en esas fiestas. Como superintendente me invitaban a las casas para una comida, me preguntaban cómo iba la veta y, cuando había buenas noticias, ellos se alegraban y hacían arreglos en sus casas, las pintaban y hasta pedían el cargador frontal para limpiar sus calles”, rememora Mario Palla, quien al vivir allí con su familia, sentía una gran identificación con los trabajadores y con la comunidad. Esa convivencia entre ejecutivos, ingenieros, obreros y otros profesionales dio lugar a organizaciones como el Club de Damas, conformado por las esposas de todos ellos. Ellas organizaban actividades como las navidades, colectas, compraban y distribuían productos en las comunidades aledañas. Eso propició una auténtica compenetración entre la mina y las comunidades contiguas. Los recuerdos de esa época de insania siguen frescos en la memoria del ingeniero Santillán: “En esa época si se enteraban de que eras alto funcionario de la mina te mataban de un tiro o a pedradas. Para seguir trabajando saqué mi licencia de chofer. Iba de arriba para abajo, con el técnico al lado, para hacer alguna reparación o los trabajos previstos. Un día vi que estaban haciendo cunetas al lado de la pista y no le encontraba el sentido. Al regreso vi que habían volado al paso un camión del Ejército lleno de soldados. Las ‘cunetas’ eran para poner la dinamita”. El ingreso a las ligas mayores Buenaventura se construyó sobre el conocimiento, la sencillez y la credibilidad de don Alberto Benavides. Su sola persona avalaba cualquier proyecto, tan es así que las oficinas de Buenaventura eran como la casa del jabonero. A decir de su hijo Roque, cualquier extranjero que quisiera invertir en el Perú, especialmente en el tema minero, resbalaba por allí. Pero la situación del país entre los ochenta e inicios de los noventa era terrible y la empresa también estaba en un muy mala situación económica; tan es así que en un momento vendía cuarenta millones de dólares y debía la misma cantidad. izquierda– Raúl Benavides Ganoza lideró la administración de Buenaventura por años y ahora es parte del directorio de la empresa. Derecha– Muestreos en la mina de oro del proyecto Chucapaca, en Moquegua, un nuevo estandarte de la compañía.
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