192 193 pioneros de la minería moderna en el perú Cuando llegaban a los pueblos, caseríos o a los campamentos mineros, las huestes senderistas solían hacer lo que llamaban un juicio popular. Mediante el montaje de asambleas artificiales, a las que la comunidad debía asistir obligada a punta de fusil, acusaban sin pruebas o testigos a aquellos que ejercían algún tipo de influencia distinta a la de sus intereses y, con el solo aval de sus adeptos, los ejecutaban a la vista de todos tildándolos de traidores, soplones o imperialistas. En un momento, eso mismo empezaron a hacer con los superintendentes y altos funcionarios de las minas. “Mi papá siempre iba a supervisar las minas. Recuerdo que en una de ellas, apareció una columna armada de terroristas. Luego de que los subversivos reunieran a quienes pudieron encontrar, pretendieron hacer un juicio popular, pero los trabajadores rodearon a los ingenieros para que no les hicieran daño. El compromiso de mi padre con ellos y el respeto y cariño que se ganó de sus trabajadores le salvó la vida. Pero, además, los mineros también eran conscientes de que si dinamitaban la planta, ellos se quedarían sin trabajo”, recuerda Carlos Ballón, hijo de don David. Si bien en la década anterior los capitalinos fueron testigos, con preocupación, del avance terrorista en las regiones; a inicios de la siguiente década, en los años noventa, la violencia ya no solo se registró en las provincias del sur y centro andino, sino que la ciudad de Lima se convirtió en el crudo escenario principal de esa ola de violencia. Las huestes del líder mesiánico Abimael Guzmán arreciaron sus ataques en la capital y, además, surgieron otros grupos armados, cobardemente encubiertos, con el fin de tomar el poder por las armas. Entre ellos estaba el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Hasta hoy es difícil entender muy bien qué pasó. Pero quizá por su capacidad e influencia en el sector minero y financiero, David Ballón se convirtió en un blanco estratégico para los terroristas. De hecho, el objetivo de los subversivos era poner el futuro del Perú en riesgo, estableciendo una modalidad de secuestros y rescate para financiar sus propias operaciones destinadas a incrementar el caos. Quizá fue mucho para esos asesinos que en el ingeniero Ballón se encarnara la filosofía base para una política minera “realista, moderna y potenciadora del desarrollo nacional”, como él mismo solía pregonar públicamente. Lo cierto es que a las dos y quince de la tarde del 11 de setiembre de 1992, cuando se desplazaba en su camioneta por la avenida Tomás Marsano, en Surquillo, el ingeniero fue interceptado por vehículo camuflado como ambulancia, a la que seguían otros dos autos con circulina. En el atentado participaron quince delincuentes armados con ametralladoras AKM. Como su camioneta era blindada, los terroristas forzaron las puertas con combas y palas y ejecutaron uno de los secuestros más sonados de aquella época nefasta. En ese momento, a sus 62 años, don David era presidente de Instituto de Ingenieros de Minas. Su talante técnico y transparente se había puesto de manifiesto a lo largo de su carrera porque nunca tuvo vinculación con alguna agrupación política. Es decir, a través de él, no se le estaba haciendo daño al gobierno o a los adscritos a algún movimiento ideológico, sino a un exitoso empresario y exfuncionario público de corte técnico, uno de los más destacados representantes de la sociedad civil peruana. Cinco meses duraron su secuestro y las negociaciones con los subversivos del MRTA que exigían varios millones de dólares para ponerlo en libertad. Familiares, colegas y amigos hicieron grandes esfuerzos por devolver al ingeniero a su vida cotidiana y a su familia, pero todo resultó inútil pues, en la víspera del 24 de febrero del año siguiente, los terroristas dejaron el cuerpo inerte del empresario minero en una calle del distrito de San Miguel. En un primer momento fue difícil reconocerlo, pues el cuerpo apenas pesaba cuarenta kilos. La necropsia arrojó que había sido sometido a maltrato físico, privación de alimentos y, finalmente, abatido con dos disparos en la cabeza. izquierda– Ballón llegó a ser presidente del Instituto de Ingenieros de Minas del Perú y fue un colaborador frecuente de la revista Minería. Derecha– Con Augusto Baertl, Víctor Raúl Eyzaguirre y Jorge Vargas, luego de asumir la presidencia del IIMP.

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