40 41 pioneros de la minería moderna en el perú Era un grupo prácticamente inexpugnable y que, desde el origen, sentó en esa sociedad minera las bases de la filosofía que guiaría los destinos de la Cerro de Pasco Investment Company: la autosostenibilidad y la autonomía. La partida de nacimiento de esta sociedad quedaría sellada con su registro oficial el 6 de junio de 1902, aunque las labores de construcción y explotación empezaron en febrero de ese mismo año en nuestra sierra central. Un año antes, en julio de 1901, McCune había viajado por varios meses con su familia para reconocer el territorio peruano y para comprar él mismo las principales haciendas mineras de Cerro de Pasco. Toda la información básica se la había proporcionado James McFarlane, un ingeniero minero que actuó como “adelantado” en varias oportunidades durante catorce años, evaluando el potencial de la sierra central a la espera del momento ideal para hacer la inversión. Si bien históricamente ya se conocía que esta era una región muy rica en plata, todas estas monografías coincidían en que también había presencia de ingentes cantidades de cobre y carbón. En Europa y en Estados Unidos se masificaban la electricidad y los tendidos eléctricos, los tranvías, la fabricación de generadores y circuitos, la construcción de centrales eléctricas, entre otros, lo que elevaría por décadas la demanda del cobre. Tal fue el impacto de la irrupción masiva de la electricidad en la vida del hombre que, de 40 libras, como se cotizaba la tonelada en 1893, se elevó a 73 en solo seis años. McCune y Haggin tenían claro que con un mineral precioso como la plata podrían pagar la operación y que la explotación del cobre les generaría pura ganancia cuando empezara a intensificarse su demanda. El ingreso a la era industrial El diario El Minero, de la sierra central, señalaba: “Se ve ya la llegada de la gran industria minera con la presencia de numerosos ingenieros norteamericanos. Esto no viene sino a corroborar que los ‘yanquis’ se han hecho dueños de la ciudad, porque de las 522 minas empadronadas, ya se han vendido las 360 más importantes”. Más adelante, el 3 de octubre de 1901, el diario El Minero, de Cerro de Pasco, publicaba: “James McFarland, de nacionalidad norteamericana, se ha presentado ante el juzgado que despacha el Dr. Estanislao Solís, denunciando unos terrenos vacíos situados en los alrededores de la ciudad y en los pastos de la Hacienda Paria con una extensión de 640,000 metros cuadrados”. El propio McCune, como operador del sindicato minero, volvió a Perú para activar la oferta que les había anunciado a los propietarios de esas tierras un año antes. En un lapso de dos lustros, la corporación se haría rápidamente de la propiedad del 80% de las haciendas mineras de la zona, equivalente a un total de 70,000 hectáreas. En aquellos tiempos, Cerro de Pasco seguía pareciéndose más a un pequeño poblado que a una ciudad y tenía unos 15,000 habitantes. A esa realidad social con rezagos semifeudales, con una serie de fracturas, inequidades y prejuicios, llegó esta inversión monumental con formas y maneras de primer mundo. Por entonces, en el Perú, el hacendado era un ser todopoderoso, dotado de muchas ventajas económicas y políticas; mientras que los indígenas –en su gran mayoría analfabetos– carecían de acceso a la educación, a una buena alimentación e, incluso, de derecho al voto. En el caso de la minería, antes de la llegada de la corporación ya existía el “enganche”, un sistema aplicado solo a los campesinos indígenas devenidos en obreros que, a cambio de un adelanto de dinero, alimentos y otros insumos, eran mantenidos en condiciones indignas y, muchas veces, contra su voluntad. El tema del “enganche” fue atribuido históricamente a la Cerro de Pasco como una práctica instalada por ellos. Lo cierto es que no fue así. En un principio la empresa adoptó el sistema que prevalecía en las minas peruanas –lo cual fue admitido posteriormente como un error–, por lo que la empresa fue la primera izquierda– Pese a la altura y al clima agresivo, los extranjeros llegaron a adaptarse bien, sin la necesidad de abandonar sus costumbres.

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