146 147 la cerro de pasco la mayor inversión del siglo xx acento más amplio hacia la historia universal. Si bien existían estas diferencias, era decisión personal del trabajador en enviar a su hijo a cualquiera de los dos secciones que, en realidad, funcionaban como un solo colegio, pues compartían el mismo predio, el patio de recreo a la misma hora, los mismos servicios y los mismos buses de transporte con chicos que vivían en la misma localidad y que se veían, inevitablemente, dentro y fuera del colegio para el estudio y la diversión, para el béisbol y para el fútbol. En el caso de la escuela en castellano, la formación allí era solo hasta quinto de primaria, pero tenía una caracerística particular. La sección en español tomó como ejemplo de la reforma educativa de Estados Unidos la política de reunirse con ambos padres de familia cada semestre. Es decir, se entrevistaban con cada uno de los maestros en detalle sobre el desempeño y el comportamiento de sus hijos y, si el alumno se encontraba rezagado en algún curso, los planes de trabajo y nivelación se los enviaban a los padres para que los asumieran como parte de su responsabilidad. Adicionalmente había un vínculo muy estrecho entre el colegio y el Hospital de Chulec pues, constantemente, se realizaban campañas de vacunación y exámenes médicos periódicos para prever la buena salud de los alumnos. Una vez cumplido el ciclo de sus hijos en la escuela de La Oroya, algunos padres enviaban a sus hijos a seguir sus estudios secundarios a Huancayo y otros a Lima. “Yo estuve en el colegio peruano hasta cuarto de primaria y, mi papá me puso en el americano en quinto. Después me mandó a Lima para continuar la secundaria en el Roosevelt. Y es que la mayoría de los chicos que vivíamos en La Oroya masticábamos el inglés si no, cuando jugabas a indios y vaqueros, te capturaban o te mataban al toque”, recuerda con una amplia sonrisa Carlos Arana, biólogo ambientalista que se desempeña en el sector minero e hijo de uno de los funcionarios peruanos de alto rango en la compañía durante su etapa escolar. En busca del oro negro En la región oriental del Perú, al este de la cordillera de la Andes, la compañía estableció en 1955 una subsidiaria bajo el nombre de la Cerro de Pasco Petroleum Corporation, con el propósito de realizar trabajos geológicos y geofísicos en búsqueda de reservas de gas y petróleo en una extensión de más de 900,000 hectáreas. La concesión estaba garantizada por el propio gobierno, pero tenía muchos problemas para el acceso, pues las tierras se localizaban a doce kilómetros de la villa de Iscozacín, en plena selva pasqueña. La Cerro ya había puesto interés en el petróleo al adquirir participación en compañías norteamericanas en los estados de Illinois, Texas y Lousiana. Sin embargo, las cinco concesiones que tenía en Perú eran, hasta entonces, su mayor apuesta en el sector. De encontrar suficientes reservas, la empresa tenía pensado transportar y utilizar muy económicamente el producto en el complejo metalúrgico que, al año, consumía alrededor de 550,000 barriles. Hubo mucha expectativa sobre la incursión de la compañía en esta actividad, pues al año de iniciado el trabajo había mapeado una serie de estructuras geológicas aparentemente promisorias, realizando estudios sísmicos y estudios aeromagnéticos en la mayor parte de las concesiones. Más adelante, se hizo llegar a la zona parte del equipo requerido mediante un puente aéreo y algunas otras maquinarias por vía terrestre desde Lima a Pucallpa y, luego, Durante varios años la unidad petrolera exploró en el oriente pero no tuvo éxito en sus concesiones. LA EMPRESA TENÍA PENSADO TRANSPORTAR Y UTILIZAR MUY ECONÓMICAMENTE EL PETRÓLEO EN EL COMPLEJO METALÚRGICO DE LA OROYA QUE, AL AÑO, YA CONSUMÍA ALREDEDOR DE 550,000 BARRILES.
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