108 109 pioneros de la minería moderna en el perú de 31 años dejó una cómoda y floreciente carrera como responsable del Departamento de Exploraciones de la Cerro y accedió instintivamente a liderar ese emprendimiento bajo el nombre de Compañía de Minas Buenaventura. Lo arriesgaron todo, se expusieron a las inclemencias de la naturaleza, a los múltiples riesgos que suponen las inversiones en minería y con la certeza de que el camino sería duro y extenso. Quizá por ello, al final de la tarde de ese 6 de febrero, debajo de una intensa lluvia y empequeñecido en medio de esos cerros descomunales, a 4,300 msnm., Alberto se sintió asaltado por la duda de si habría sido prudente ese arrendamiento propuesto hacía apenas un mes. El silencio se hacía más húmedo y brumoso porque la planta concentradora seguía paralizada. Todo estaba por hacer en esa primera vez que operaría una mina. Mientras se alejaban los camiones de la Cerro, Alberto se sacudió la duda y regresó a la oficina del campamento para encender la chimenea, escuchar la radio, tomarse unas copas de pisco con el buen Eusebio –su contador y único acompañante en ese momento– y así amanecer con los bríos renovados. “La gente me decía que iba a perder hasta la camisa en Julcani. Que era una locura lo que estaba haciendo. ‘¡Cómo te vas si tienes un porvenir en la empresa!’. En esa época yo ya estaba residiendo en Lima y todo hacía pensar que tenía un buen futuro dentro de la Cerro de Pasco. Y ahí me decían: ‘Cómo te vas a ir a una mina en Huancavelica, quédate acá, tienes un camino trazado’. Pero me arriesgué y afortunadamente me fue bien”, contaría el ingeniero Benavides al diario El Comercio en enero del 2011. Elmer Vidal Dávila, recién egresado, había sido un destacado alumno del curso de Yacimientos Minerales que dictaba Benavides en la Escuela de Ingenieros. Llegó al día siguiente, auscultaron la mina de forma más paciente y reanudaron labores donde había venido trabajando la corporación. Máximo Laura, ex capitán de minas durante la estadía de la Cerro, también fue contratado y prontamente concluyeron que la estimación de solo dos meses de reservas –que en parte justificó la salida de los gringos– había sido un pronóstico muy pesimista. Había mineral. Pero el verdadero reto lo tenían a mediano plazo. Si bien el contrato de arrendamiento con la Sociedad Peruano-Suiza estableció regalías muy por debajo de lo contratado con la Cerro, solo les daba un año de alquiler con opción a compra por US$ 300,000 al final de ese periodo. En ese entonces era mucho dinero. Es decir, no solo debían conseguir mineral para financiar la operación de la mina durante esos doce meses, sino encontrar reservas para asegurar la compra o terminarían perdiendo el proyecto. Fue la veta Sacramento, en los alrededores de la mina Herminia, la que le dio una nueva vida a Julcani. Don Alberto había estudiado su afloramiento mediante un pequeño socavón de cortada de unos 40 metros. Se encargarían del manejo de la planta concentradora César Bravo de Rueda, con la cercana asesoría de Carlos H. Plenge. Esa veta de plata no solo permitiría financiar las operaciones durante el primer año, sino que también generaría confianza y recursos para apalancar el dinero suficiente para la posterior compra de la mina. derecha– Don Alberto (segundo de pie) rodeado de sus compañeros ingenieros de la Cerro de Pasco Corporation.

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