112 113 pioneros de la minería moderna en el perú el Perú todo lo que había aprendido, así que acepté de inmediato”, resaltó en su libro de memorias. Ese mismo año se incorporó como geólogo asistente, se casó con doña Elsa Ganoza –su pareja de toda la vida– y se fueron a vivir a Cerro de Pasco. Ya instalado en la principal mina del país comenzó supervisando la extracción en las vetas de cobre, luego le adicionaron las de plomo y zinc y, pasando por distintas promociones y cambios, muy rápidamente se convertiría en jefe de geólogos de la mina, donde contaría inusualmente con el apoyo de asistentes norteamericanos. Rápidamente se haría de una buena reputación por su calidad profesional y humana. Tan es así que, por su compenetración con la comunidad y con el territorio andino, ejerció como alcalde de Cerro de Pasco entre 1945 y 1950. Poco después añadiría a sus responsabilidades Goyllarisquizga, la mina de carbón que acusaba una baja de producción y que había sido negociada a cambio de unas propiedades con la familia Fernandini. Le extrañó que no se hubieran hecho planos topográficos, levantó esa información y entregó un documento a los gerentes de Nueva York que dejó una impecable impresión. Tanto que, en base a ese estudio, se hallaron nuevas reservas y se extendió el periodo de producción de carbón. Tras ese hallazgo, el presidente de la corporación en Estados Unidos, Robert P. Koenig, le pidió a Benavides que organizara el Departamento de Exploraciones de la compañía con el mandato de explorar el territorio nacional casi sin limitaciones. Como líder de esa oficina, ubicada en una esquina de la Plaza San Martín, don Alberto pudo recorrer casi todo el Perú y, más adelante, recomendaría a la empresa que adquiriera opciones de compra sobre importantes proyectos como Antamina, Las Bambas y Tintaya, cosa que la compañía concretó pero que no desarrolló con el entusiasmo que él hubiera querido. Es en esas circunstancias que apareció la oportunidad de arrendar Julcani. El conocimiento y el arduo trabajo de don Alberto desde el origen de Buenaventura hizo que esta inscribiera en su ADN el impulso indesmayable para seguir explorando. Setenta años después la empresa continúa haciéndolo por tradición. “Don Alberto tenía un amplísimo conocimiento de la geología. Todas las minas las conoció a caballo. Decía que, si bien la ciencia había avanzado, siempre era bueno ‘conversar con los Apus’; es decir, ir al campo, arañar la tierra, hacer calicatas. Si Buenaventura subiste todavía es por los geólogos que exploraban alrededor de sus yacimientos”, resalta Mario Palla, quien fue colaborador cercano y, en 40 años, superintendente de varias de las minas de la empresa. Su perseverancia por seguir el curso de las vetas angostas fue lo que marcó la diferencia en su trabajo. Hoy, por temas de productividad, se prefiere cuerpos grandes, a cielo abierto, que don Alberto consideraba canteras. Y en parte tenía razón, porque uno de sus méritos fue que la mayoría de minas subterráneas que él reabrió habían sido dejadas por otros sin obtener resultados. Pero seguir el izquierda– De joven, don Alberto se formó como ingeniero minero y en ese camino descubrió su verdadera pasión: la geología.
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