

La minería es una actividad de largo plazo que requiere reglas claras y consistentes. Cuando las decisiones administrativas cambian en periodos cortos, se debilita la confianza, no solo de los inversionistas, sino también de las propias comunidades. La señal que el país debe dar es una: los procesos técnicos se respetan y las decisiones se sostienen en el tiempo.
Este punto es aún más relevante en un contexto internacional donde la competencia por atraer inversión minera se intensifica. La demanda global de cobre abre una oportunidad concreta para que Sudamérica, y en particular Perú, Chile y Argentina, se consoliden como un hub minero de alcance global. Pero ese potencial no se materializa automáticamente.
La competitividad hoy no se define únicamente por la geología. Se define por la calidad de la gobernanza, la estabilidad jurídica y la capacidad de los países para ofrecer entornos previsibles. Sin estos elementos, el capital simplemente se dirige a otras jurisdicciones.
En ese escenario, el Perú tiene ventajas claras, pero también debilidades que no puede seguir postergando. Una de las más evidentes es la falta de ordenamiento territorial. La expansión de la minería ilegal no es casual: ocurre donde el Estado no planifica, no articula y no ejerce presencia efectiva.
La ausencia de una visión territorial no solo facilita el avance de actividades ilegales, sino que también limita el desarrollo de la minería formal. Genera superposición de intereses, conflictos sociales y retrasos que terminan afectando la viabilidad de los proyectos. Sin territorio ordenado, no hay desarrollo sostenible posible.
Por ello, el desafío del país no es solo aprobar proyectos, sino construir coherencia. Coherencia en las decisiones públicas, coherencia en la política minera y coherencia en la presencia del Estado en el territorio.
Desde el Instituto de Ingenieros de Minas del Perú sostenemos que el camino es claro: fortalecer la institucionalidad, garantizar estabilidad regulatoria y ordenar el territorio con una visión de largo plazo. Solo así la minería podrá consolidarse como motor de desarrollo, atraer inversión y generar beneficios sostenibles para el país.
El Perú tiene la oportunidad. Lo que está en juego ahora es la capacidad de tomar decisiones consistentes para no perderla.